Foto: Selva del Amazonas. Revoloteo.es

Francisco de Orellana protagonizó una de las mayores hazañas de la conquista de América. El valiente capitán español, en 1542, recorrió el Amazonas, de un extremo al otro del continente, abriéndose paso por una selva indómita e inmensa sin más ayuda que su audacia e instinto.

Orellana era un hombre culto, hábil para el diálogo con los indios y, para algunos, un precursor de la antropología. Dominaba el latín, el francés y varios idiomas utilizados por los pueblos indígenas.

La expedición por el Amazonas de Orellana comenzó en 1541 cuando Gonzalo Pizarro, superior de Orellana, se fue en busca del País de la Canela, un lugar fantástico como la ciudad de El Dorado. La canela era una de las especias más preciadas en la época de Orellana y los aventureros y exploradores españoles estaban seguros de encontrar bosques enteros, como si de un tesoro se tratara y de que su descubrimiento los haría a todos inmensamente ricos. Con el objetivo de encontrar ese “tesoro”, Pizarro, organizó una grandiosa expedición que contaba con más de doscientos españoles, cuatro mil indios, grandes rebaños de llamas y de cerdos, más cientos de perros de presa. (Los perros eran una de sus mejores armas para luchar contra los indígenas hostiles). Viajaron desde Quito, por la selva ecuatoriana, hasta llegar al río Coca.

Foto: Busto de Orellana en Trujillo.Wikipedia.

Mientras tanto, Orellana, partió por su cuenta desde la costa del Pacífico, ascendió hasta Quito y se fue al encuentro de Gonzalo Pizarro. Cuando lo alcanzó, la situación de los españoles de Pizarro era desesperada: no habían encontrado ni árboles de canela ni oro. Sólo habían encontrado todo tipo de penalidades, hasta el punto que tuvieron que comerse a sus propios perros y caballos.

Pizarro mandó a Orellana en busca de comida con el bergantín San Pedro, un navío que habían construido los mismos expedicionarios al llegar al río Coca. La orden era que debía regresar como máximo en dos semanas, sin rebasar la siguiente confluencia del río Coca. La confluencia coincidía con el actual río Napo, mucho más ancho y laberíntico que cualquiera de los ríos españoles. La idea de Pizarro era una auténtica locura; consistía en que Francisco Orellana consiguiera provisiones para abastecer a un ejército paupérrimo y que después desandara el camino remontando el río por un auténtico laberinto de agua. Orellana supo que la orden de Pizarro era imposible de cumplir; la corriente de agua llegaba a los diez kilómetros por hora y esto hacía imposible remontar el río con una expedición de víveres. Además, Orellana, se dio cuenta que si viajaban eligiendo bien los ríos podrían encontrar otro mar.

Orellana viajó río abajo y creó un campamento en un territorio indígena con la idea de que Pizarro llegara hasta allí, si se decidía a continuar con la expedición a pie, también habló con el cacique del territorio y por primera vez tuvo una idea de la inmensidad del territorio que abarcaba el Amazonas.
Mandó construir un nuevo barco, el Victoria, fabricando clavos con los herrajes y cinchos que portaban sus hombres e informó de su intención de seguir adelante. En un principio no todos estaban de acuerdo y algunos de sus hombres abogaban por suspender la expedición y volver sobre sus pasos. Fray Gaspar de Carvajal, un dominico nacido en Trujillo, al igual que Orellana, tomó partido por su paisano. Fue el que dijo que no podían volver en busca de Gonzalo Pizarro a causa de la fuerte corriente del río y que no sería posible encontrar comida para abastecer a semejante expedición. Después de escuchar los argumentos del fraile los hombres votaron a favor de Orellana como nuevo jefe de expedición, legitimándolo para que dejara de ser el lugarteniente de Pizarro y se viera libre de obedecer sus órdenes.

Más tarde, Fray Gaspar de Carvajal escribió la crónica de la expedición.

Foto: Detalle de la copia manuscrita completa del descubrimiento del Río de las Amazonas.

Ver toda la copia manuscrita completa del descubrimiento del Río Amazonas de Fray Gaspar de Carvajal

La expedición de Orellana contaba con sesenta españoles fascinados con el Amazonas, con las esperanzas de riqueza y con el nuevo porvenir de aquella aventura. Después de todo, los indios se adornaban con alhajas del inconfundible color del oro.

Fray Gaspar de Carvajal  iba tomando notas del increíble viaje que seguía la corriente del río y del calendario de la liturgia católica. Escribió que el miércoles y el Jueves Santo ayunaron a la fuerza porque los indios no les llevaron de comer. De esto se desprende la gran dependencia que la expedición tenía de los indios sobre todo a la hora de conseguir alimentos.  (Al parecer pudieron darse un festín el domingo de Pascua. Al domingo siguiente del domingo de Resurrección, fray Gaspar de Carvajal, predicó y elogió el carácter bondadoso de Orellana. Carvajal también dejó constancia de que los indios adoraban al Sol.

Caminando con Orellana de la mano de Carvajal

Cuenta Carvajal que la expedición de Orellana cubrió centenares de kilómetros de aguas serpenteantes y nunca vistas por el hombre blanco. Algunos indios locales les ayudaban regalándoles huevos de tortuga pero  otros les recibían con una lluvia de flechas. Los españoles pronto se vieron acosados por indios vestidos con pieles de animales (Caimanes o Tapires). En una salida en busca de comida, sigue diciendo Fray Gaspar de Carvajal,  Maldonado y otros nueve soldados se dedicaron a coger tortugas para alimentarse, pero fueron atacados y a Maldonado le atravesaron el brazo.

Carvajal dice que «las ballestas nos dieron las vidas», que el 12 de mayo llegaron a Machiparo, una zona dominada por un cacique que mandaba a 50.000 indios y que la expedición española pasaba hambre porque los indios no les dejaban llegar a la orilla del río para conseguir provisiones. A esas alturas, Orellana, tenía muy clara la importancia del río que exploraban. Los afluentes eran increíblemente grandes, y el Marañón, en la confluencia con el Ucayali, se parecía a uno de los cuatro ríos del paraiso en el imaginario religioso de los españoles. El día de la Ascensión, los españoles descubrieron otro río con tres islas, al que bautizaron como río de la Trinidad. En el siguiente poblado quedaron fascinados por la loza que los indios eran capaces de fabricar, que les pareció de tan buena calidad como la de Málaga.

«Siguieron caminando». Así describía Carvajal a los españoles cuando remaban para no dejarse arrastrar por la corriente.

En uno de los poblados Orellana se enteró de que el rey de Paguana era rico en plata y tenía ganados de ovejas como las del Perú. Esto confirmaba, a los españoles, la idea de que los indios de las montañas del Perú tenían dominios en tierras del Amazonas y que era posible que cerca de allí encontraran los míticos tesoros de los incas.  (Orellana no encontró oro de los incas en el Amazonas, según Carvajal). El río en aquel lugar era tan ancho que había momentos en que no podían ver la orilla opuesta. Después de Paguana, Francisco de Orellana, ordenó a once hombres que exploraran las islas del Cacao y la zona donde actualmente convergen Colombia, Perú y Brasil.  El 3 de junio se encontraron sobre un río de aguas tan oscuras, que Orellana bautizó como río Negro.

Amazonas, el mito de las mujeres guerreras

A finales del mes de junio, los españoles exploraron el territorio de las amazonas. Se llamaba así porque se decía que los indios de aquel territorio obedecían a un  reino regido por mujeres, y puede que la mayor parte de lo que se cuenta de las amazonas de este territorio sea pura fantasía, pero Carvajal aseguraba que al entrar en combate las mujeres guerreras «andaban delante de todos ellos (los indios) como capitanas» y que los españoles lograron matar a «siete u ocho» de ellas. Los ataques de los indios fueron de tal envergadura que los barcos, acribillados de flechas, parecían erizos.

Durante semanas, los españoles, al tiempo que debían defenderse de los ataques de los indios,  descubrieron «muy grandes provincias», hasta que empezaron a notar el movimiento de las mareas y, por fin, consiguieron llegar a una playa. Habían recorrido (y descubierto) el río Amazonas.

Más de 7.000 kilómetros por una selva casi impenetrable.

Fray Gaspar de Carvajal calculó que la expedición había recorrido unas 1.800 leguas «antes más que menos», (unos 7.500 kilómetros).

Años más tarde, como gobernador de Nueva Andalucía (Territorio entre el Orinoco y el Amazonas), Orellana se internó de nuevo en el río y murió en algún lugar desconocido. No hay tumba, sólo nos queda el recuerdo de uno de los mayores exploradores del mundo. La gesta de Orellana y de sus valientes expedicionarios se encuentra en lo más alto de la historia de las exploraciones, sobre todo, si tenemos en cuenta que se trata de una travesía por la selva amazónica del siglo XVI.