Poco a poco volveremos a la (sub)normalidad

Y con este artículo de opinión comenzamos el número 2 de nuestra revista; consumismo, pandemias, y vuelta a una deseada normalidad que quizás no sea tan buena como la pintan.

Llevamos dos meses leyendo nuestros libros favoritos, escuchando música, viendo series y dejando de contaminar el planeta. Y estamos hartos. Queremos consumir, montar en avión, que abran las fábricas para que vuelvan a escupir humo. Y los bares, sobre todo, que abran los bares. Somos un país al que le gustan los bares (y las iglesias), las librerías no tanto. Pero queremos bares, restaurantes, parques temáticos, tiendas donde ir a gastar nuestro dinero. Producir y consumir; esa es nuestra (sub)normalidad.
Queremos volver a estar encerrados 8 horas al día, durante diez meses al año. Queremos regalar miles de horas de nuestra vida, años enteros de nuestra corta vida a aquel que nos prometa llenarnos las manos de monedas, las suficientes para no dejar de consumir y seguir desangrando el planeta. Y para ello estamos dispuestos a votar al primer político que nos asegure que abrirán nuestros hoteles, nuestros bares y nuestros restaurantes. Y que volveremos a depender del turismo y de la construcción.
Queremos un político que nos diga que las pandemias ya no harán estragos, que él lo controlará todo. Necesitamos políticos que nos hagan vivir el cambio climático con una sonrisa y, para ello, debemos estar en el hemisferio del planeta que consume desaforadamente lo que en otras partes del planeta se produce desaforadamente.
Volverá la gripe, el cáncer y la pobreza. Y moriremos a miles, como antes, pero ya no habrá noticias apocalípticas porque el gobierno controlará la situación y no habrá razón para alarmarse por la falta de presupuestos para sanidad o para investigación científica. Y volveremos a poner una cruz en la declaración de la renta para darle parte de nuestros impuestos a la iglesia, en lugar de exigir una casilla para que nuestro dinero vaya a parar a la educación o a la sanidad pública.
Y así, votando según nuestros intereses y nuestra inteligencia, volveremos a la (sub)normalidad) y la globalización nos dará de nuevo todo lo que amamos, como antes. Y seremos felices para siempre en nuestra añorada y querida (sub)normalidad.